Víctor Villar Epifanio
Víctor Villar Epifanio

El reflejo

Ed. Diario Progresista (www.diarioprogresista.es) Edición CyL, 28 de abril de 2013

 

Aquel día no era como otro cualquiera, Carlos iba a hacer una de las gestiones más importantes de su vida. Andaba mientras su mente repasaba lo que debía decir, a quién y con qué intención. Debía tener muy claro que imagen debía dar, no podía cometer ni un error, de lo contrario su Proyecto se estropearía.

 

Una vez que había pensado en todos los detalles repasó los principios de los cuales se sentía orgulloso. Una sonrisa relucía en su cara, pensando en toda la gente a la que iba a ayudar y lo satisfecho que estaba de ello. No había duda, todo estaba bien, todo era correcto, todo encajaba.
De repente, al pasar por un escaparte, le pareció percibir un reflejo, algo sutil, casi imperceptible, volvió la mirada, no podía ser cierto, serían los nervios. Tras un instante de confusión, alzo la cabeza, su mente había encontrado una argumentación racional para lo que había visto, serían los nervios de la reunión. Respiró hondo, sonrió y volvió a seguir su camino.

 

Nuestro amigo tenía tiempo de sobra, así que decidió parar a desayunar en un viejo café de barrio. Con paso firme, entró por la puerta del establecimiento, se sentó en uno de los viejos taburetes giratorios de madera y pidió un café con leche, una tostada y un zumo. Apenas había dado el primer bocado a su tostada, levantó la mirada y palideció, otra vez estaba allí. Un viejo espejo, con marco de madera, le devolvió ese reflejo, esa imagen volvió a su mente. Rápidamente, se llevó su desayuno a una mesa de cercana y lo terminó de espaldas al espejo. En fin, le estaban esperando, tenía que salir de ese café.

 

Carlos estaba a punto de llegar al lugar de su reunión, de camino, pasó por una tienda de electrodomésticos, su mirada ya no estaba alta, su sonrisa había desaparecido y sus pies se pararon en seco en esa tienda de electrodomésticos, todas las televisiones estaban encendidas. Temeroso, Carlos alzó la mirada y ahí estaba, ese reflejo aparecía en todos los televisores, ya no cabía argumentación alguna, estaba claro, era real, estaba ahí. Derrotado, nuestro amigo cogió su teléfono, tembloroso marcó un número:


-¿Sr. ibañez?-Si, dime Carlos –respondió su interlocutor-.-Creo que debemos suspender nuestra reunión –dijo Carlos mirando fijamente los televisores-. Sería un fraude para ambos. Lo siento.

 

Carlos colgó el móvil, respiró tranquilo, aflojó su corbata y se marchó dispuesto a vivir su nueva realidad, dispuesto a vivir consigo mismo.

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