Víctor Villar Epifanio
Víctor Villar Epifanio

La burbuja asociativa

Ed. Diario Progresista (www.diarioprogresista.es), 7 de febrero de 2013

 

Mucho se ha hablado de la burbuja inmobiliaria, la fiebre por construir y construir, donde fuese como fuese y hubiese necesidad o no. Pues bien, algo así ha pasado con las asociaciones, en unos casos creando necesidades inexistentes, en otros, construyendo inmuebles que no se pueden mantener y en otros explotando la fuerza del trabajo y las ilusiones de las personas con discapacidad. Me explico.

 

Durante la década de los 90, se consolidó el actual sistema profesional de asociacionismo. Su tinte social le daba a este sector empresarial una aureola de bondad inviolable, era algo semisagrado en este país, quedaba muy mal meterse con ello, tratando a quien lo hacía como “loco o loca antisistema” con diminutivo y sonrisa condescendiente incluida.  

 

Bajo este manto de santidad, el negocio florecía. Grandes entidades subcontrataban la prestación de servicios con el Estado vía subvenciones, invirtiendo millones de pesetas y después de euros en infraestructuras y personal. Eso no podía parar, había que “dar de comer al monstruo” si no queríamos eliminar servicios para las personas con discapacidad, servicios secuestrados por la iniciativa privada como la vivienda digna, el empleo, o la gestión de las prestaciones sociales.

 

Por otro lado, al carecer este sector empresarial de control político debido a su supuesta bondad y apolitismo, el amiguismo, la mediocridad y la colocación a dedo campó a sus anchas, eliminando, con ayuda de la pasividad del colectivo el poder de los órganos políticos iniciales, compuestos por personas afectadas y dando casi todo el poder a las personas gestoras. Esto, inevitablemente, llevó a la creación de necesidades inexistentes, la dilatación durante años de Proyectos poco o nada útiles,  etc, etc…

 

En otros casos, se privatizó descaradamente necesidades básicas como la vivienda. Las entidades se embarcaron en Proyectos Residenciales faraónicos que luego tienen que ser rescatados por la administración y aún así cobrarse a precio de mercado; o bien, directamente echar el cierre, dejando a la plantilla en el paro y, lo que es peor, a personas con discapacidad en la calle o en casa de sus familiares.

 

Por último, las asociaciones deciden cubrir una necesidad que el Estado no cubre y, mucho menos, por lógica, lo hace el mercado libre. Me refiero al empleo. La figura del Centro Especial de Empleo se creó como figura transitoria al empleo normalizado, pero, como hemos visto en un caso reciente, en muchas ocasiones, se utiliza como forma de explotación de mano de obra barata a través de la subcontratación de determinados servicios.


En fin, espero que todo esto quite la venda de los ojos de la población general y el Estado preste de una vez los servicios que debe prestar, o al menos cumpla su función de control de la iniciativa privada.
Para terminar, aunque no  quería decir esto, si no lo digo me saldrá una úlcera sangrante:  “¿Qué os decía yo?”

 

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