Víctor Villar Epifanio
Víctor Villar Epifanio

Más allá de la imagen

Ed. Publicoscopia, 8 de septiembre de 2014

 

             En esta Era de la imagen y la noticia rápida, parece que aquello que no sale en los grandes medios federales y apela a conceptos sencillos y a poder ser emocionales, no existe. Recuerdo que hubo un tiempo en el que la política tenía que ver con las ideas y necesidades, no con la imagen. La llegada de la discapacidad a la política puede devolver esa dignidad a la política. Me explico.

Hubo un tiempo en el que los atriles ergonómicos de diseño eran cajas o “púlpitos” improvisados de madera, cuando los discursos tenían cuarenta páginas de teoría y praxis política, cuando no había equipos, ni estilistas, ni asesores de imagen. Solamente había necesidades, ideología y trabajo, mucho trabajo, tanto en los despachos privados o de partido, como en la fábrica o en la calle, como también, si había suerte, en los despachos institucionales y en los parlamentos.

 

            Actualmente, parece que la política, salvo honrosas excepciones, se hace en los grandes medios y no en las calles y los despachos. Y en esto no hay diferencias, hasta las “revoluciones” nos llegan en forma de tertulianos de programas      mañaneros y/o nocturnos, en vez de en trenes blindados. Tertulias estas, que rebajan el debate político que se podía leer hace poco menos de un siglo en los Diarios de Sesiones Parlamentarias, a la altura de jaula de grillos sensacionalista.

 

            Un reflejo de esto son los debates y la exposición de ideas políticas en las redes sociales, incluso en los perfiles de los partidos políticos. Mensajes cortos, sencillos y, como diría mi abuela, con “santitos”, los “santitos” que no falten. De este modo, se cae en una especie de democratización mediante la mediocridad, se confunde el dar un mensaje entendible, con un mensaje vacío y fácilmente consumible por una sociedad despolitizada.

 

            Con todo eso, el Ser Humano como Ser político ha retrocedido siglos e incluso milenios. Entrando así en un bucle histórico de “despotismo ilustrado-alfabetización” En el antiguo Egipto y la edad media, por ejemplo, los/as faraones/as y sacerdotes y sacerdotisas y la iglesia adoctrinaba pictóricamente a las masas incultas y temerosas, utilizando incluso algunos símbolos comunes, como por ejemplo, “el pesado de las almas”. Ahora mismo, se les pone “santitos virtuales” con mensajes cortos y sencillos en forma de montajes de texto e imagen en las redes sociales y se les selecciona las noticias en dosis de 20 minutos. De ese modo, solamente algunos iniciados e iniciadas pueden leer la letra pequeña escondida discretamente en alguna columna virtual.

 

            Pero… ¿Qué podemos aportar las personas con discapacidad para mejorar este panorama político?

 

En primer lugar, romper con la tiranía de la imagen, más bien hacerla saltar por los aires. Por mucho que algunos cargos públicos del P.P. con discapacidad se empeñen, la imagen de una persona con discapacidad, sobretodo física, es la que es y no hay asesor de imagen que la cambie. Que le vamos a hacer, Pablo Iglesias (el genuino) era un anciano con bastón, Trotski un personaje poco agraciado de pelo alborotado y perilla, Marx y Bakunin unos hombres entrados en carnes, barbudos y melenudos. Por la parte femenina, Federica Montseny, Dolores Ibarruri o Victoria Kent tampoco ganarían un concurso de estilismo.  ¿Creéis qué eso importaba a alguien cuando oía sus discursos?, por fortuna, la clase obrera de los siglos XIX y XX no veía Sálvame, no había perdido la capacidad de escuchar.

 

Como consecuencia de esto, las personas con discapacidad tendremos que usar la palabra y el pensamiento para convencer. De este modo, no nos quedará otro remedio que convencer a la parte racional de la persona y no vencer por saturación, chantaje emocional o ataque a la parte más primitiva del cerebro.

Por otro lado, algunas personas con discapacidad, aparte de no dar bien en cámara, no podemos seguir el trepidante ritmo de las tertulias de moda y nos vemos obligados a hablar en otro formato más pausado. Y lo que es mejor, como algunas personas con discapacidad nos vemos obligadas a escribir antes de hablar, nos vemos obligadas a pensar antes de expresarnos.

 

Por último, por lo anteriormente dicho, nos veremos obligadas a decir algo, a transmitir algún mensaje, no se trata de rellenar tiempo, ni contrarrestar argumentos simples con otros más simples aún de forma inmediata.

 

En definitiva, las personas con discapacidad es posible que ayudemos a devolver la coherencia, la seriedad y la credibilidad a la política. ¿Hacemos la prueba?

 

           

 

           

 

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